Posteado por: desdetegus | 1 julio 2009

Chávez y la Crisis en Honduras

Carlos Alberto Montaner

Estados Unidos, la OEA, la Unión Europea, Chávez, Fidel Castro –sobre todo Chávez y Fidel Castro– quieren la restitución inmediata de Manuel Zelaya a la presidencia de Honduras, expulsado del país en la mañana del día 28. El congreso hondureño, casi por unanimidad, apoyado por la Corte Suprema, lo había destituido por violar la ley y desconocer las sentencias del Tribunal Electoral. Pero ésa era la excusa técnica.

La verdad profunda resulta mucho más dramática: Zelaya, obcecado y temerario, decidido a hacerse reelegir a cualquier costo, ignorando todas las advertencias del poder judicial y de los legisladores, se proponía arrastrar al país en la dirección del chavismo, algo que en Honduras hubiera sido el comienzo de un inmenso calvario económico y social. Inmediatamente, los parlamentarios eligieron como sustituto a Roberto Micheletti, un abogado del mismo partido de Zelaya, hasta hace unas horas presidente del cuerpo legislativo. Parece que la mayoría de los hondureños, incluidas las iglesias cristianas, apoyan la medida.

En realidad, desde el punto de vista formal no hay nada sorprendente en la manera en que Zelaya ha sido destituido. Fue el congreso, de común acuerdo con las Fuerzas Armadas, tras recibir una forzada carta de renuncia, la institución que sustituyó al boliviano Gonzalo Sánchez de Losada (2003), a los ecuatorianos Abdalá Bucaram (1997), Jamil Mahuad (2000) y Lucio Gutiérrez (2005), y al guatemalteco Jorge Serrano (1993). En esos casos, sin embargo, la comunidad internacional apenas les prestó atención a estos incidentes. Eran querellas políticas que se transformaban en choques entre los poderes públicos, resueltos por medio de una salida constitucional que salvaba la legalidad vigente. Técnicamente no eran golpes de estado, sino formas extremas de mantener algún vestigio de legalidad.

En esta oportunidad, sin embargo, pese al enorme apoyo interno que parece tener la remoción de Zelaya, la reacción internacional ha sido diferente.
¿Por qué? Fundamentalmente, porque el presidente depuesto, en los últimos años se había afiliado tímidamente (aunque sólo fuera en un plano retórico), al llamado “socialismo del siglo XXI”, una aguerrida familia ideológica poseedora de una gran caja de resonancia, dirigida por Hugo Chávez, quien en 1992 fue autor de uno de los golpes militares más cruentos de la historia de América Latina, pero hoy, invocando la democracia, no demoró en advertir que derrocaría a cualquier presidente que sustituyera a su amigo Zelaya.
Lo que estamos viendo en Honduras no es un choque entre militares y civiles, ni entre golpistas y funcionarios inocentes, y tampoco un regreso al pasado lamentable de los gobiernos militares. Estamos en presencia de un conflicto entre dos formas de entender la función del Estado y el rol de los líderes políticos. El chavismo –incipiente papel que irresponsablemente Zelaya encarnaba en Honduras– es una variante del colectivismo estatista, corriente política que liquida la separación de poderes propia de las repúblicas, entroniza el caudillismo, acaba con la alternancia en el gobierno y adopta posiciones antioccidentales expresadas en peligrosas alianzas con países como Irán y Corea del Norte.

¿Podrá estabilizarse el nuevo gobierno de Roberto Micheletti? Todo dependerá de la firmeza con que se mantenga la alianza entre los dos grandes partidos políticos, el ejército y las otras instituciones del Estado. También es posible que Washington intente forjar un compromiso entre Zelaya y sus adversarios, por el que el presidente destituido regresa al país, pero renunciando a cambiar la constitución o a tomar represalias, y sólo con el objeto de llegar a las elecciones de noviembre. En todo caso, hay que hilar muy fino porque cualquier error puede desembocar en un baño de sangre o en el inicio de un largo periodo de inestabilidad y agonía. Un precio muy alto para uno de los países más pobres de América Latina.

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